Los perros y también los gatos, tuvieron una presencia importante en la civilización egipcia, Anubis, el dios de los muertos, no se ha determinado si era un perro o un chacal aunque ambos están emparentados, pero algunos arqueólogos han adoptado la versión de que estaba representado por un perro aunque muchos egiptólogos están convencidos que Anubis era un chacal, o lobo.
Otro dios representado por un perro era adorado en la ciudad de Abydos llamado Khentementin; en Assiut en cambio, había un dios-chacal, Upuaut.
Indudablemente en el antiguo Egipto, los cánidos tenían cierta predilección con todo lo relacionado con los difuntos, se cree que era por el hábito de los perros de vagabundear por la noche en los cementerios.
Hacia el final de la V dinastía el prestigio de Anubis disminuye en el ámbito funerario, probablemente por el aumento de prestigio de Osiris que eclipsa a Anubis, aunque por supuesto por las características conservadoras de esta civilización esta preponderancia de un dios sobre otros lleva varias dinastías.
Vale destacar que, antes de Anubis, quizás anterior al año 4.200 A.C. en el alto Egipto otro perro ya había conocido las alabanzas como un dios, éste era Seth, el lebrel de cola enroscada.
El gusto de los egipcios por la caza y luego de haber fracasado en tratar de domesticar a lobos y chacales, se inclinan hacia galgos y sabuesos excelentes para la caza de gacelas, antílopes, liebres y otras presas. El hecho de no existir grandes fieras como leones o tigres y otros felinos de gran tamaño es probable que por esta razón solamente se criaran los crueles molosos solo para el combate en las guerras.
En Egipto existieron cuatro razas principales de perros: un lebrel de Dalmacia de origen nubio, utilizado en la caza de la gacela, un tipo dingo, un moloso y un perro de guarda no muy grande que se caracterizada por tener piernas muy cortas, éste era un perro muy extraño, ya que su pecho parecía rozar el suelo.
El perro más conocido en el Alto Imperio es un lebrel de patas largas y larga cola, sus orejas bastante grandes, a veces erectas y otras caídas. En el período anterior con la invasión de los hicsos (provenientes de Asia Central), éstos trajeron molosos conocido como mastín mesopotámico o asirios que Egipto una vez liberada de esta invasión conservó esta raza de perros, animales poderosos y guerreros que se convirtieron en excelentes auxiliares de los combatientes egipcios, se lo ha representado en pinturas corriendo junto a los carros y rematando a los enemigos que huían.
El joven Tutankamon hizo pintar una escena donde se lo observa persiguiendo a los nubios con estos perros, él dispara flechas sobre estos guerreros mientras son atacados a mordiscos por los molosos asirios de pelaje color crema y que tenían impresionantes collares con púas metálicas.
Fueran molosos o lebreles, los perros en Egipto eran respetados y estaba prohibido matarlos y se condenaba esta actitud con la pena de muerte y el maltrato de animales se penaba con castigos corporales, los arqueólogos los han encontrado momificados junto a la tumba de su amo que tenían un gran cariño por sus perros ya que no eran sacrificados en el momento de su muerte sino que eran momificados (ver imagen) y depositados cerca de la tumba una vez que dejaran de existir por muerte natural, se los lloraba y se llevaba luto en su honor tanto como a su amo.
Los preparativos para el entierro de un perro de la familia eran similares a los de los humanos; y en clases adineradas, la ceremonia comprendía costosos y elaborados ritos. Un papiro informa que en épocas del Imperio Antiguo (2680-2180 aC), un perro de caza llamado Abutin –el nombre significa “orejas en punta”- fue profundamente amado por su dueño, faraón y, antes de nada, hombre; éste, al morir el animal, ordenó que el ataúd integrase el tesoro de la realeza, lo momificaran y vendasen con cintas de finísimo lino, y a inhumación de incienso fuera llevado al sepulcro como correspondiese en honras de nobles de la corte.
Aquellos queridos compañeros recibían la mejor alimentación, eran bañados y cepillados –tal demuestran las pinturas-, tenían nombres afectuosos que, con frecuencia, incluyen el vocablo abu (“reverenciado”, “amado”, y “padre”), la palabra ubis (“protector”), o hhi (“mío”).
Los arqueólogos han traducido casi ochenta nombres de perros; algunos aluden a la personalidad, trabajo o talento del can, como Fiel, o Buen Pastor y Espada ; otros, a sus características físicas o pelaje, llamándole Formado como Flecha, o Ébano. Los canes de guerra solían tener por nombre un número: el Quinto, el Sexto, tal la costumbre de la Antigua Roma (Quinto, Sexto, recordando la prioridad de nacimiento en la lechigada); pero, de distinguirse en combate, se agregaba a la cifra un apodo, Segundo el Valeroso, por ejemplo. Finalmente, había nombres humorísticos, calificando conductas irreductibles: Loco…Inútil…Perra de la ciudad…
Aunque el gato era también muy respetado y protegido, en el 1500 a.C. parece ser que el perro toma una ligera ventaja sobre el felino y se envían emisarios a zonas lejanas con el fin de traer lebreles más ágiles y armoniosos para complacencia de los faraones
Razas y cuidados
Criados en caniles de paredes de adobe, que se construían separados de la casa, el cuidado y entrenamiento de los perros era asignado a personas especializadas en el oficio. Los adiestradores caninos –según reciente hallazgo (3) poseían organización sindical.
Los egipcios contaban con campos de recreo para sus perros, donde los adiestradores los soltaban a fin de que, en juego preparatorio, hallasen y trajeran cebos de cuero de conejo o de antílope.
Frescos sepulcrales, pintados circa el 2000 aC, muestran una jauría de lebreles cazando, muy similares al greyhound.
El Imperio lindaba con el tramo noreste del río Eufrates y, hacia el sur, comprendía el actual Sudan. Ciudades capitales como Menfis y Tebas favorecían el comercio con griegos, hititas, babilonios, sirios, palestinos y nubios. Pero, no sólo se negociaban metales y piedras preciosas, perfumes, especias, productos textiles y cueros de nonato, los egipcios solían comprar caninos exóticos. Se documentan gráficamente unos perros pequeños y rollizos, parecidos a dachshunds, pero con orejas en punta, o una variedad del basenji, cola dotada de rizos duros.
Dibujos y esculturas del 1500 al 300 aC registran a perros de patas cortas y cuerpo grande, color marrón oscuro o con manchas blancas y negras (en espaciada retícula anamórfica, o en pintas o atigrados). Inventarios de excavaciones arqueológicas incluyen datos y aun piezas óseas de perros foráneos: tributo de Libia y Nubia para los faraones. Un texto recuerda al faraón Intef II (2180 aC), quien disponía de una jauría de pequeños perros con nombres egipcios y extranjeros.
La arqueología, conforme frisos y relieves que datan del 1600 aC, da cuenta de perros de gran tamaño –molosos- para uso bélico y guardia. La fecha induce a pensar que estos caninos no eran oriundos del Imperio; en aquella época, precisamente, Egipto sufrió la invasión de los hyksos, quienes disponían de caballos y perros pesados y musculosos con cabeza cuadrada y orejas pendientes. Pinturas mortuorias y altorrelieves muestran unos perros similares al actual mastiff , y hay literatura historiando que se les incorporaba al ejército como caninos de ataque.
A la manera etrusca se los conducía mediante collar de ahorque, pero, en la guardia de templos y palacios, al igual que durante las batallas, se les ponía collares con pinchos cónicos (en Roma y Pompeya llamados colleras de pugna o carlancas ) e, inclusive, placas laterales de cuero y metal, lomeras en serrucho y casquetes, protegiéndoles de picas y flechazos.
Como los perros de caza, los caninos militares se alojaban en caniles, pero atados con cortas correas, para hacerlos más feroces. Algunos textos sugieren que sólo los instructores podían cuidar y alimentar los perros de guerra. Comían carne, principalmente, a fin de disponer de un plus de brío; algunos autores sostienen que, “además de la de cervatillo macho, se los alimentaba con carne de león, existiendo cazadores especiales para la tropa canina” (8). A tales perros, en vez de enseñarles a perseguir a otros animales, el instructor los alentaba –desde temprana edad- a vigilar y defender su territorio, tendiendo a demostrar agresividad con los extraños. Liberados en el campo de batalla, los perros de guerra corrían entre las filas enemigas abalanzándose y atacando con ferocidad; “hombres, caballos y hasta tiendas eran destrozo de sus enormes colmillos”. (5)
Si bien la iconografía y pinturas prueban la presencia de distintas variedades de perros, en el sentido moderno es imposible decir si fueron de raza, puros, pues no existen evidencias que indiquen que los criaran con un determinado modelo estructural (Sí, seguramente, de aptitud y conducta).
Pero, ya que las costumbres egipcias propiciaban la consanguinidad -los reyes uniéndose entre hermanos, para conservar la sangre y evitar degradación “introduciendo un espíritu plebeyo” (6); la corte entre hermanos y primos, “imitando a los faraones” (7); el pueblo entre parientes, “para que se repitieran las virtudes artesanales y de los oficios” (8)- hubiese sido lógico que siguieran la práctica también en los perros y, por consiguiente, con la homocigosis, tuvieran ejemplares de similares características, razas, al fin.
Aunque los papiros de Medicina no indican que los egipcios tuviesen conocimientos de genética -y por ende, de selecciones físicas, color de pelaje, forma de orejas o posición de cola-, muchos cinólogos afirman que el ibizan hound, el greyhound, el saluki, el mastiff y el dachshund son descendientes directos de antiguos perros egipcios, y lo cierto es que, falten o no evidencias absolutas, muchos hounds actuales parecen provenir del Medio Oriente.
La Dra. Juliet Clutton-Brock, zooarqueóloga y clasificadora de mamíferos del museo británico de Historia Natural, experta reconocida a nivel mundial en la evolución de los animales de compañía, concede a los perros del Antiguo Egipto notorias semejanzas con el actual mastiff, como así también a uno de sus perros de caza con nuestros greyhounds; razas donde no se observan grandes cambios hasta hoy. Pero la científica destaca la vasta diversidad genética inherente al Canis familiaris, recordando que la cría en regiones y períodos diferentes y con sangre no comunes, por limitación de formas posibles, pueden producir similitudes tipológicas (10). Además, las crías selectivas llevadas por una necesidad repetirían determinadas características. Reconoce la dificultad de determinar si el mastiff y el greyhound son realmente razas con una línea continua de 4 mil años.
La extracción de material genético en humanos es más que realizable, y el proyecto Genoma, está en su etapa final. En la especie canina las investigaciones futuras podrán develar el complejo código de rasgos contenidos en la trama del ADN, y, de esta manera, corroborar si alguna de las razas modernas procede o no de aquellas e, incluso, qué heredan del antiguo linaje o en que han variado.