Cantos de la Huerta (III)

POEMAS

El joven sicomoro que plantó con sus manos,
abre ahora la boca para hablar;

El murmullo de sus hojas
parece perfume de miel,
lleno de gracia, sus ramas breves,
se vuelven frescas y verdes.

Está cargado de frutos maduros,
Frutos más rojos que el jaspe;
su follaje parece turquesa,
y azulejo su corteza.

Invita a quienes no están debajo.
Su sombra refresca el aire.

Una misiva pone, a una joven, en la mano,
la hija del hortelano;
y la hace correr en pos de la amada:
“Ven a pasar un momento delicioso con tus compañeras de juego.

El campo es celebración.
A mi vera hallarás follaje, y también un pabellón.

Mis amos se regocijan
como niños cuando te ven.
Que el servicio te preceda,
y con lo necesario venga.
Uno se embriaga al hacia ti correr,
incluso antes de comenzar a beber.

Las criadas llegaron con sus quehaceres
y las más diversas cervezas y pan de mil variedades.
Muchas flores de hoy y de ayer,
Y fruta de toda clase, para mejor refrescarse.

¡Ah! pasa el día de forma encantadora,
y mañana, y luego pasado, y luego hasta tres,
sentada a mi sombra.
Su amigo a su derecha.

Ella lo embriaga
y hace según él dice,
mientras donde se bebe cerveza, la embriaguez todo lo turba,
y ella atrás se queda con su amado.

Tiene lugar bajo mis sombras,
El paseo de la amada.
Soy discreto
Y, sin una sola palabra, no revelo lo que veo.”

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Cantos de la Huerta (II)

POEMAS

Las higueras abren la boca.
Su bosquecillo empieza a hablar.

Cuán hermoso es obedecer el mandato de mi dueña.
¿Hay mujer que se le parezca?
Si las sirvientas faltaran,
Sería yo su sirvienta.

De Siria he sido traída,
ala amada, como cautiva
En su huerta,
me hizo plantar.

Ella no me da vino,
el día de embriaguez.
Ella no llena mi cuerpo
con la humedad del pellejo.

A uno descubre, actuando a su estilo,
la sola mirada de quien no ha bebido.
Tan cierto como que ahora estoy vivo, oh amada,
Esto te será restituido.

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Cantos de la Huerta (I)

POEMAS

El granado habla:
A sus dientes se asemejan mis granos
y mis frutos sus senos parecen.
Soy el árbol más hermoso del huerto,
Pues en toda estación permanezco.

La amada y su amigo
Bajo mis ramas pasean,
ebrios de vino y de vino dulce,
perfumados de aceite y esencias balsámicas.

Salvo yo, todas perecen,
las plantas del campo.
Cada año vivo los doce meses,
y permanezco.

Si una flor se marchitase,
una nueva flor de mí brotase.
Así soy del jardín del primer árbol,
pero como segundo soy considerado.

Si una vez más actuaran así,
por ellos más no callaría.
Tampoco la escondería,
y se conocería su ardid.

Entonces la armada será descubierta,
adornar no podrá ya a su amigo,
con un bastrón de lotos blancos y azules
engalanado de capullos y flores.

Reconoce su falta estando ebrio
de cervezas de todas clases.
Te hace pasar el día como más es de tu agrado,
Una choza de cañas es el lugar reservado.

Ea, razón tiene el granado,
que sea pues adulado.
Que ordene el día entero a su guisa,
pues él es quien nos cobija.

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Poema IX

POEMAS

Hay en él enredaderas,
Que a una la exaltan.

Soy tu amada, la mejor.
Tuya soy, como la tierra
que sembré toda de flores
y plantas de mil especies, con los perfumes más dulces.

Cuán encantador el canal que hay en aquella parte,
y que tu mano cavó,
en él hallamos refresco, al soplar viento del norte:
un lugar de paseo sin par.

Tu mano sobre mi mano.
Mi corazón es feliz.
Mi corazón es dichoso.
Pues ahora juntos vamos.

Oír tu voz, para mí es vino dulce.
Y vivo de oírla.
Cada mirada que posas en mí
me da más que beber o comer.

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Poema VIII

POEMAS

Azulejos,
mi corazón te consagro.
Por ti lo que desea hago,
Cuando entre tus brazos yugo.

El deseo que tengo de hacerlo, es mi pintura de ojos.
Cuando ellos te ven, mi mirada es brillante.
Me arrimo a ti para conocer tu amor,
oh esposo que moras en mi corazón.

¡Qué hermosa es esta hora!
Que se eternice sin demora.
Desde que dormí contigo,
mi corazón se ha enaltecido.

Se lamente o sea feliz,
no te apartes más de mí.

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Canto del rey Autef

POEMAS

Este es el testamento de este excelente soberano, de maravilloso destino:

Las generaciones se desvanecen y desaparecen,
otras toman su lugar, desde los tiempos de los ancestros,
los dioses que vivieron en otro tiempo,
y reposan en sus pirámides.

Los nobles y los afortunados
en sus tumbas yacen amortajados.
Habían levantado casas, en lugares que ya no existen.
¿Qué ha sido de ellos?

He oído las palabras
de Imhotep y Hardedef
que se citan en proverbios
y que a todo sobreviven.

¿Qué fue de esos lugares que les pertenecieron?
Los muros se han derrumbado,
Las plazas han desaparecido,
Como si no hubiesen existido.

Nadie regresa de allí para decirnos su suerte,
para contar de qué carecen,
y apaciguar nuestro corazón, hasta que nosotros lleguemos
a ese lugar, al que fueron.

Que tu corazón, pues, se apacigüe.
El olvido es saludable.
Obedece al corazón,
tanto tiempo como vivas.

Ponte mirra en la frente,
Cúbrete de fino lino,
Perfúmate con verdaderas maravillas,
que parte son de la ofrenda divina.

Aumenta tu bienestar,
para tu corazón no marchitar.
Sigue tu deseo y tu dicha,
cumple tu destino en la tierra.

No llenes de apuro tu corazón,
Hasta el día en que el lamento fúnebre te alcance,
Quien tenga el corazón cansado su grito no oirá,
su grito a nadie la tumba evitará.

Haz, pues, del día una fiesta,
y no te canses de ella.
Mira, nadie se lleva consigo sus bienes,
Mira, nadie regresa una vez que se fue.

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Poema VII

POEMAS

Mi corazón se acordó de tu amor.
La mitad de mi cabeza está trenzada.
Pues, con prisa, he venido a buscarte,
y he descuidado mi peinado.

Pero cuando me dejes partir
yo peinaré mis cabellos
y estaré lista al instante.

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Poema VI

POEMAS

La voz de la paloma se hace oír:
Dice: “La tierra se ilumina, ¿cuál es tu ruta?”
-¡Ah! ¡Déjame, pájaro!
¡Me lo reprochas!

Encontré a mi amado en su habitación.
Mi corazón se inundó de alegría.
Dijimos: “Nunca te abandonaré,
mi mano está en tu mano”.

Contigo, visito
los lugares más encantadores.
Ha hecho de mí la primera de las jóvenes
y no hiere mi corazón.

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Poema V

POEMAS

¡Oh tú el más bello de los hombre! Mi deseo
es ocuparme de tus bienes, ser el alma de tu casa,
que tu brazo repose en mi brazo
y que te sirva mi amor.

Me digo a mí misma, en mi corazón,
con el deseo de una amante:
“Dámelo esta noche por esposo,
sin él, soy como un hombre en la tumba”.

¿Pues no eres tú la salud y la vida?
¿cómo se alegra de que estés vivo,
cuán dichoso es de que tengas buena salud,
mi corazón que te busca!

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Poema IV

POEMAS

Amor mío, oh tú a quien amo,
tu amor es mi deseo.
Todo está listo para ti,
y te digo: “Esto es lo que hay hecho”.

Vine a cazar pájaros:
en una de mis manos tenía la trampa,
y en la otra la red,
con el bumerang.

Todos los pájaros de Punt toman tierra
en el país de Egipto, perfumados de mirra.
El que llegó primero
se llenó mi cebo.

Su perfume viene de Punt,
sus garras están llenas de esencias balsámicas;
por amor hacia ti, lo dejaremos volar,
y así estaremos a solas.

He obrado de modo que oyeras el lamento
de mi bello perfumado de mirra,
mientras esperabas, allí, cerca de mí,
y yo preparaba mi trampa.

Ir a los campos es delicioso
Para quien es amado.

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Poema (La fuerza del amor)

POEMAS

I

¿Te vas porque los alimentos te vienen a la mente?
¿Eres hombre a quien conduce el vientre?
¿Te levantas a causa de tus vestidos?
¡Seré la dueña de un pedazo de lino!

¿Te vas porque tienes hambre?
¿Te alejas porque tienes sed?
¡Toma mi pecho!
Su contenido te será sobreabundante.

II

El amor que por ti tengo se derrama por mi cuerpo,
como la sal se funde en el agua,
como la manzana se impregna de grasa aromática,
como el licor se mezcla al vino.

¡Ah!, ojalá puedas tú apresurarte,
para ver a tu amada,
como un caballo en el campo de batalla,
como un toro que corre hacia su forraje.

El cielo regala su amor,
como una llama prende la paja,
como una vela atrae al halcón.

III

La armonía de mi lugar de reposo es turbadora.
La boca de mi amada es el botón de una flor.
Sus senos son manzanas de amor,
sus brazos tan bien torneados.

Su frente es una trampa de madera de sauce,
y yo soy el pato salvaje.
Mi vista toma por cebo su pelo
en la trampa dispuesta a caer.

IV

¡No debo ser dócil a tu amor!
¡Amado mío, obedece a tu embriaguez!
Yo no renunciaré a ella, aun cuando los golpes me ahuyenten
-porque paso todo el día en la marisma-
hacia la tierra de Siria, a porrazos,
hacia la tierra de Nubia, a bastonazos,
a los confines del desierto, golpeado,
a las orillas de os mares, azotado.

No obedeceré a quienes dicen
que me aparte de tu deseo!

V

En la barca desciendo el curso del río al son de los remos,
mi haz de cañas al brazo.
Deseo ir a Menfis, para decirle a Ptah , dios de la verdad:
“¡Dame a mi amada esta noche!”

El río es vino.
Ptah es su caña, el Poder su follaje.
Sus mensajeros son sus botones.
El Dios del loto es su flor.

La Dorada es dichosa:
ante su belleza la tierra se ilumina.
Menfis es una copa llena de fruta,
puesta ante Aquel cuyo rostro es hermoso.

VI

Iré a acostarme a mi morada,
y fingiré que estoy enfermo.
Entonces mis vecinos vendrán, para ver lo que me pasa.
Y, con ellos, vendrá mi amada.
Hará la medicina inútil,
pues ella conoce mi mal.

VII

En la casa de campo de mi amada,
la puerta se abre en medio de la fachada,
está abierta a dos batientes, el cerrojo ha saltado;
mi amada está encolerizada.

¡Ah!, quisiera ser el portero,
que ella se hubiese irritado conmigo
pues, entonces, oiría su voz, cuando ella gritara airada,
como niño a quien asustara.

VIII

He descendido la corriente por el Canal del Príncipe,
y he entrado en el Canal de Ra ,
teniendo en el corazón el deseo de ver levantar las tiendas,
en lo alto, a la entrada de la laguna.

Y mientras me apresuraba en ello,
mi corazón se acordó del Dios Sol,
y pensó que podría ver a mi amado,
que quiere ir a la Casa del Señor.

Estaba en pie a tu lado, en la entrada de la laguna;
te llevaste mi corazón hacia la ciudad del pilar de Ra,
y me deslizaba contigo bajo los árboles,
que rodean la casa del Señor.

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Poema (Tres Deseos)

POEMAS

I

¡Ah!, ojalá puedas apresurarte hacia tu amiga,
como el mensajero del rey,
cuyo amo espera con impaciencia el mensaje
que está deseando escuchar.

Para él, cuadras enteras se enjaezan.
Para él, caballos siempre hay en la posta.
Siempre lista estará la carroza.
Que nada su marcha detenga.

Cuando alcanza la morada de su amor,
a la alegría entrega su corazón.

II

¡Ah!, ojalá puedas tú a mí venir,
como un caballo del rey,
entre todos elegido;
la gloria de la yeguada.

Recibe el mejor forraje,
Su amo le conoce el paso
y cuando oye el látigo,
no hay quien le detenga.

El mejor conductor de carros
no lo puede adelantar.
El corazón del amante sabe
que no está lejos su amiga.

III

¡Ah!, ojalá puedas apresurarte hacia tu amante,
como una gacela macho que huye en el desierto.
Sus pues están heridos y sus miembros cansados,
el temor habita en su pecho.

Los cazadores la persiguen, los perros la rodean,
el polvo que levanta la esconde.
Un reposo le parece una traba
y elige como camino el río.

¡Ah!, ojalá puedas alcanzar mi refugio,
antes que tiempo haya de besar cuatro veces tu mano.
Buscas el amor de tu amada,
Pues la Dorada te la ha destinado, ¡oh amigo mío!

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Canto de amor (VII)

POEMAS

Siete días llevo a mi amada sin ver.
Y sobre mí se abate ya la languidez.
Mi corazón se hace pesado.
Hasta mi vida he olvidado.

Cuando los médicos a mi casa vienen,
Sus remedios no me sanan,
Los magos expediente no hallan,
No se descubre mi enfermedad.

Pero si me dicen: “Mira, ella está aquí”,
Pronto vuelvo e mí
Su nombre es lo que me reconforta.
Las idas y venidas de su mensajero
Mantienen a mi corazón eterno.

Mi amada es para mí el mejor de los remedios,
Para mí es más que un formulario,
Su venida es mi amuleto,
recobro la salud cuando la veo.
Cuando abre los ojos, mi cuerpo de nuevo es joven.
Cuando habla, me hace fuerte.
Cuando la tomo en mis brazos, aparta de mí todo mal.
Ahora de mí se ha alejado, siete días hace ya.

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Canto de amor (VI)

POEMAS

Al pasar frente a su casa,
Encontré el portar abierto.
Junto a su madre mi amado estaba.
Hermanos y hermanas le rodeaban.

El corazón de cuantos pasan por el camino
se llena de amor hacia él,
joven perfecto y sin par,
mi amado de raras virtudes.

Al pasar yo, posó su mirada en mí.
Y fui feliz,
grande la dicha, grande el contento,
amado mío, al verte un momento.

¡Ah, si su madre viera mi corazón,
si éste pudiera alcanzar su razón!
Oh, Dorada, pon esto en su corazón,
Entonces correré hacia mi amado.

Le besaré ante los suyos,
no tendré vergüenza ante los hombres,
sino que su envidia me alegrará,
mientras tú me reconozcas.

Le ofrezco una fiesta a mi diosa.
Mi corazón al latir salir quiere del pecho
que permita que ve a mi amante esta noche,
ella que es toda belleza, cuando se la ve pasar.

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Canto de amor (V)

POEMAS

Adoro a la Dorada,
alabo su majestad,
celebro a la señora del cielo,
canto las alabanzas a Hathor, y la gloria de la dama soberana.

Le imploré; ella atendió mi plegaria
y me envió a mi señora.
Ella vino para verme,
Y así algo grande me adivino.

Me regocijé, me entregué al júbilo, sentí la plenitud,
cuando me fue dicho: “Mira, hela aquí”.

Ahora bien, ante ella que avanzaba, los jóvenes se inclinaban,
con gran amor hacia ella.

A mi diosa hice un voto;
pues ella me dio la amada
a lo largo de tres días, tras habérselo rogado.
Hace ahora cinco días que me ha abandonado.

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Canto de Amor (IV)

POEMAS

Mi corazón late más deprisa,
Cuando pienso en mi amor.
No me permite como persona humana actuar,
Y se sobresalta sin cambiar de lugar.

Ya ni vestirme me deja.
Descuido mis abanicos.
Ya los ojos no me pinto.
Ya siquiera me perfumo con delicados aromas.

“No te detengas, llegas a la meta”,
dice mi corazón, cada vez que pienso en él.
-¡Oh corazón mío! ¡No te inquietes más!
¿Por qué como un loco te portas?

Espera sin alarma, tu amado viene hacia ti,
pero también los ojos de la multitud.
no dejes que digan de mí:
“Esta mujer se ha enamorado”.

Quédate en calma, cuando en él piensas,
¡oh, corazón! No latas más de esta manera.

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Canto de Amor (III)

POEMAS

Mi corazón contemplar su belleza esperaba
cuando en su morada sentada me encontraba.
Allí encontré a Mehi , que en su carroza pasaba,
rodeado de sus jóvenes muchachos.

No sé cómo evitarlo.
¿Pasaré junto a él sin saludarlo?
Ya el río se me aparece como un camino,
Pues no sé adónde mis pasos dirigir.

Cuán ignorante eres, corazón mío.
¿Por qué quieres pasar junto a Mehi sin hablarle?
Claro, si paso cerca de él,
le revelaré mis sentimientos.

“Mira, soy tuya”, le haría comprender,
pero él gritará mi nombre
y me entregará a la casa
de uno de esos que le siguen.

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Canto de Amor (II)

POEMAS

Con su voz, mi amado turbó mi corazón,
y me ha dejado presa de la languidez.
Vive junto a la casa de mi madre,
y en cambio no sé cómo ir hasta él.
¿Acaso, en mi aventura, podría mi madre ser buena?
¡Ah! Pues me iré a verla.
Mira, mi corazón rehúsa pensar en él,
incluso cuando su amor me arrebata.
Mira, es un insensato,
Pero yo me lo parezco.
No conoce mi deseo de tomarlo entre mis brazos.
No sabe que hasta mi madre por él he caminado.
Amado mío, ¡ojalá Dorada a ti me haya destinado!
Ven a mí, que vea tu belleza,
que padre y madre felices sean,
que los hombres todos te festejen,
oh amado mío, y te celebren.

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Canto de Amor (I)

POEMAS

La única, la amada, la sin par,
la más bella del mundo,
mírala, parece el lucero del año nuevo,
en el umbral de una bella anualidad.

Aquella cuya gracia brilla, cuya piel resplandece,
tiene ojos de claro mirar,
y labios de dulce hablar.
Palabra superflua alguna, jamás le oirás pronunciar.
Ella, la del cuello largo, la del pecho luminoso,
posee una cabellera de lapislázuli hermoso.
Sus brazos sobrepasan el resplandor del oro,
Cada uno de sus dedos es como un cáliz de loto.

La de la cintura lánguida y las caderas finas,
cuyas piernas preservan la belleza,
cuyos andares están llenos de nobleza,
cuando pone los pies sobre la tierra,
con sus besos me arrebata el corazón.

Hace que todos los hombres
Se vuelvan a contemplarla.
Y a aquel a quien saluda, hace sentir feliz.
Pues entre los muchachos el primero se cree así.
Cuando de su morada sale,
uno cree ver a Aquella que es única.

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Los Sacerdotes

SOCIEDAD

Los sacerdotes en el Antiguo Egipto los que en los templos oficiaban y cuidaban las necesidades diarias del culto de la representación oficial del dios (usualmente una estatua de oro, aunque solían ser de plata en el caso de algunos dioses lunares). Los sacerdotes no eran necesariamente religiosos de oficio, El Faraón los elegía por sus conocimientos de religión, medicina y astronomía. El resto, se sucedían de padres a hijos y cumplían muchas tareas; alimentar a los dioses, limpiar el templo, llevar la barca del dios los días festivos. Algunos, leían los textos sagrados, los sacerdotes astrónomos debían calcular la hora de los rituales

Había grupos de sacerdotes que eran especialistas en algún tipo de conocimiento, otros que enseñaban a escribir y que copiaban textos, y otros que atendían a la organización económica del templo. Los templos eran las residencias de los dioses, pero los recintos templarios podían incluir talleres, bibliotecas y fincas. Como tal, los sacerdotes egipcios tenían un rol muy distinto al de los sacerdotes actuales. Realmente lo que hacían era sustituir al Faraón en los actos religiosos, ya que este era el único que podía oficiar, ya que para los egipcios el Faraón era el único humano que podía comunicarse con los dioses.
En realidad lo que hacía era dejar que otras personas lo hicieran en su nombre. Por esa razón en las paredes de los templos nunca aparecen representados sacerdotes. El único al que se ve adorando a los dioses es al faraón. Era un modo de dejar claro a todo el mundo que si bien los sacerdotes ocupaban el puesto del faraón, era porque éste así lo había querido y que, en realidad, sólo el rey podía comunicarse con los dioses.

Los sacerdotes seguían unas normas de convivencia y aseo muy estrictas. Se lavaban con agua del lago sagrado, que estaba junto al templo. Se afeitaban la cabeza y se depilaban el cuerpo para ser puros, llevaban vestidos de lino, el tejido considerado más puro.

Formaban equipos al servicio del dios, vivían en los templos un mes y luego volvían con sus familias hasta el siguiente servicio.
Los templos tenían grandes fincas y talleres de artesano. Los sacerdotes se encargaban de dirigirlos ayudados por los escribas. El trabajo de campesinos y obreros satisfacía las necesidades de los sacerdotes.

Se puede distinguir un alto clero de los sacerdotes comunes o auxiliares. Los primeros denominados “hemen – netjer” o “sirvientes del dios” y los segundos “wab”. Entre los primeros, se organizó una escala fuertemente jerarquizada, donde el máximo poder recaía en las manos del Primer Profeta, siendo el Segundo el encargado de la administración de los bienes materiales del templo. Por debajo de ellos podemos distinguir un Tercer Profeta, el Cuarto, y así sucesivamente, con cotas de poder más restringidas. Por su parte, los “wab” tan sólo cumplían misiones de apoyo a este alto clero en las diferentes ceremonias religiosas. Se dividen en cuatro grupos, denominados “tribus”, que se encargan de asistir en las tareas religiosas durante un mes alternativamente. Incluso, existían sacerdotes específicos según las tareas que tuvieran encomendadas.

Cada mañana, uno de los grandes sacerdotes del templo entraba en el santuario y despertaba al dios, se arrodillaba y recitaba oraciones. Luego depositaba la comida que había preparado para el dios, la bandeja estaba llena de carne, frutas, pan, vino y cerveza. La estatua no se comía los alimentos, pero la tradición religiosa imponía esta ofrenda diaria. El ritual proseguía con el aseo del dios, el sacerdote desnudaba la estatua, la lavaba y le ponía ropa limpia. La decoraba con joyas, la maquillaba, le untaba la frente con aceite perfumado y quemaba incienso delante de ella. Por último, cerraba las puertas de la naos, el mueble donde se tenía protegida la estatua, la sellaba con arcilla y salía andando hacia atrás, limpiando sus pasos mientras lo hacían. Se llevaba la bandeja de alimentos depositaba el día anterior, cuyo contenido compartía con los otros sacerdotes del servicio. Este servicio se repetía tres veces al día y tenía que efectuarse a la hora exacta para mantener el equilibrio del Universo.

Los dioses aseguraban el orden del mundo, para ello a la vez que se alimentaban, escuchaban las enseñanzas de Maat. Cada mañana el sacerdote les presentaba la estatuilla de la diosa,

En realidad, los sacerdotes egipcios eran unos privilegiados y era un puesto que muchos deseaban y que en el caso de los templos más importantes de Egipto (el del dios Ra en Heliópolis y el de Amón en Tebas) el faraón permitía ocupar sólo a personas de su confianza.

No obstante, el trabajo de los sacerdotes no se limitaba a realizar esta ceremonia. Había ciertos sacerdotes que se encargaban de estudiar el cielo por la noche, vigilando las estrellas, las constelaciones y demás, de este modo podían llevar con exactitud el calendario y sabían en qué día estaban y cuándo había que realizar determinadas fiestas.

Este tipo de sacerdote, que podía ver al dios y cuidaba de su estatua, no era el único que había en Egipto. Existían otros que realizaban tareas diferentes, tareas que no eran obligación del faraón. El más importante era el «sacerdote funerario», que realizaba las ofrendas necesarias para que una persona muerta pudiera seguir viviendo en el Más Allá; se encargaba de mantener vivo el culto a los muertos y por ello cobraban un salario.

Otro sacerdote muy habitual era el «sacerdote sem», realizaban los elaborados rituales en las momificaciones y los entierros. Estaban particularmente asociados con el ritual de “Apertura de la Boca”, y solían mostrarse vestidos con una distintiva piel de leopardo.

Uno muy importante era el «sacerdote lector» (El jeri-heb). Como resulta que en Egipto había muy pocas personas que supieran leer (aproximadamente una de cada cien) era necesario que una de las que sí sabía se encargara de ir leyendo los diferentes textos y los distintos pasos que había que dar para que un ritual se realizara adecuadamente; sólo así eran efectivos.

En cuanto a la distinción según la divinidad a la que honrasen, los sacerdotes de Amón, Ptah, Ra y Thot eran los más poderosos. Las mujeres también podían ingresar en los templos como sacerdotisas. Eran las encargadas de los cánticos y bailes en honor de los dioses. Su importancia fue grande durante el Imperio Antiguo, aunque durante el Medio decayó para recuperarse de nuevo durante el Imperio Nuevo

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El Faraón y La Familia Real

FARAONES, SOCIEDAD

Faraón es la denominación bíblica de los reyes del Antiguo Egipto. Para los egipcios, el primero fue Narmer, denominado Menes por Manetón, quien gobernó hacia el año 3050 a. C., y la última fue Cleopatra VII, de ascendencia helénica, reinando del año 51 al 30 a. C.

Los faraones fueron considerados seres casi divinos durante las primeras dinastías, y eran identificados con el dios Horus, aunque a partir de la dinastía V sólo fueron hijos del dios Ra. Normalmente no fueron deificados en vida; era a su muerte cuando el faraón se fusionaba con la deidad Osiris y adquiría la inmortalidad y una categoría divina, siendo entonces venerados como un dios más en los templos.

Cuando el faraón se hacía viejo se le consideraba como inútil y debía ser eliminado. Pero en una época histórica se sustituyo por una fiesta ritual llamada Sed donde se renovaban las capacidades del faraón

Faraón deriva de la palabra egipcia Per-aa , que significa “casa grande”. Per-aa era el nombre de la residencia real, pasando después a designar a la autoridad misma. Faraón es un nombre de origen hebreo, bíblico, adoptado después por los griegos. Los escribas egipcios solían usar el término nesu (rey), neb (señor) o hemef (majestad). Fue un término utilizado por el pueblo, nunca por los propios faraones, y sólo comenzaría a usarse a partir del reinado de Amenhotep III, en la primera mitad del siglo XIV a. C. Por tanto, podría decirse que la palabra “faraón” es relativamente moderna, y que sólo abarcaría a la mitad de los monarcas que habitaron en el Valle del Nilo.

La palabra faraona no existía en el Antiguo Egipto, sino que se empleaba “faraón mujer” o, simplemente, “faraón”

El faraón ocupará el puesto supremo en el gobierno, en la escala social, en la jerarquía sacerdotal y, además, era venerado como una divinidad, siendo este último aspecto de gran relevancia. A esta forma de gobierno, cuyo fundamento es la religión, se le conoce con el nombre de teocracia.

Eje de todas las actividades y revestido de poder absoluto, el faraón y su familia se destacaban claramente respecto de los demás hombres. La rígida división de clases egipcia obedecía, también, a la necesidad de organizar y controlar, hasta en sus más mínimos detalles, la vida de los súbditos de un imperio tan vasto.

Su autoridad se ejerce por medio de los funcionarios, jerarquizados, y reclutados entre los escribas o egipcios instruidos, y el ejército, mitad nacional y mitad mercenario.

Los poderes del faraón:

Participaban en la construcción de las pirámides y de los templos. Toda la tierra de Egipto y su pueblo pertenecían a los dioses, y en particular a Horus, a quien, según se creía, el faraón representaba sobre la tierra en el transcurso de su vida. Las funciones del faraón consistían en mantener el orden total del universo, establecido en el momento de la creación, y que abarcaba no solamente la estructura social y política de Egipto, sino también las leyes de la naturaleza, el movimiento de los cuerpos celestes, la sucesión de las estaciones y la inundación y estiaje anuales del Nilo.

A todo lo largo de la historia egipcia, el rey dispuso la autoridad absoluta en todas las esferas de la administración, aunque sus responsabilidades cotidianas quedaran necesariamente delegadas en su visir y en un número cada vez mayor de funcionarios. Como solamente el rey podía llegar a los dioses, él era también el cauce gracias al cual los hombres tomaban contacto con el mundo espiritual.

El rey había de interceder ante los dioses en favor del pueblo, cumpliendo los ritos apropiados y haciendo a las ofrendas requeridas, con el objeto de que los dioses consideraran benévolamente a Egipto. En teoría el rey era, por tanto, el sumo sacerdote de cualquier templo del territorio, y era él quien designaba a otros sacerdotes para tan alto menester y quien dotaba a los templos de tierras y rentas.

Privilegios del faraón:

El faraón podía dedicarse a la caza en los desiertos de Egipto, podían cazar toros salvajes, gacelas, órices, antílopes y leones. Por lo general, el faraón no corría peligro en sus partidas de caza: le acorralaban los toros en un cercado y allí les azuzaban las piezas. Luego, también utilizaron carros. Además de la caza, el río estaba rebosante de peces que se podían capturar con arpones, anzuelos o redes. Los macizos de papiro también ofrecían gran variedad de aves y gansos. Para cazarlos la técnica consistía en lanzar un bastón arrojadizo cuando las aves salían volando del macizo.

Símbolos del faraón

Coronas:

Sin duda, el elemento del vestuario mejor conocido de los faraones egipcios eran sus propias coronas, de las que existían numerosos ejemplos. Las más comunes y mejor conocidas son:

<• La Corona Hedjet o Corona Blanca, símbolo del Alto Egipto.

• La Corona Desheret o Corona Roja, símbolo del Bajo Egipto.

• La Corona Sejemty o Corona Doble, símbolo del Egipto unificado, es una superposición de las dos coronas anteriores.

• La Corona Atef o Corona Osiriaca, presente en algunos rituales de carácter funerario. Precisamente, el culto funerario era la esfera de influencia del dios Osiris.

• La Corona Jepresh o Corona Azul, de significado aún oscuro, pero muy utilizada a partir del Imperio Nuevo.

• La Corona Shuty o Corona Emplumada, que con el tiempo pasó a ser utilizada por las Grandes Esposas Reales y por las Divinas Adoratrices.

• La Corona Jemjem o Triple Atef, compuesta por tres coronas Atef y algunos complementos; parecía tener una función solar.

Y, aunque no sea propiamente una corona, no podemos olvidarnos del tocado Nemes, el famoso cubre peluca y quizás el tocado más universal de los faraones gracias a la tumba de Tutankamón. Su comodidad y ligereza lo harían quizás la prenda favorita de los monarcas en momentos en que no fuera necesaria la presencia de las coronas, algunas de ellas realmente pesadas.

Cetros


El Cetro Nejej (flagelo), el Cetro Heka (cayado) y el Nemes.

También existían diversas variedades, cada una de ellas con una sutil función que no hacía más que remarcar el poder del faraón sobre todo el mundo civilizado. Los más frecuentes son:

• El Cetro Nejej, símbolo antiquísimo del estado, tenía la forma de un flagelo o mayal. Era muy utilizado en las ceremonias, y aparece con mucha frecuencia asociado al dios Osiris.

• El Cetro Heka es el eterno acompañante del Nejej. Su función era clara: como el pastor dirige al ganado con un cayado, el faraón lo hace con el heka a todo su pueblo. El rey suele aparecer con los brazos cruzados y en cada uno de ellos porta uno de estos símbolos del poder. Reforzaba con ello varios posibles mensajes: “soy el señor de todas las tierras y rebaños de Egipto”, “represento el poder temporal y espiritual”. El Heka era un cetro también asociado a Osiris y con grandes poderes mágicos (la palabra Heka significa magia).

• El Cetro Sejem, utilizado tanto por reyes como por nobles, simbolizaba la fuerza y la energía mágica de su portador.

Trono

La ceremonia de la coronación se realizaba en Menfis, primera capital del reino unido, y comenzaba ascendiendo al heredero al rango de dios entregándole las insignias del cayado (Heka) y el látigo (Nejej), atributos del poder. Luego, tocado primero con la corona blanca del Alto Egipto, después con la roja del Bajo Egipto y finalmente con la doble corona, se sentaba en el trono hecho con papiros (símbolo del norte) y lotos (símbolo del sur).

Otros símbolos del poder:

No sólo por su corona o por su cetro era reconocido el faraón. La larga historia y la compleja organización religiosa y ritual del Antiguo Egipto permitieron desarrollar decenas de vestimentas, ornamentos y tocados reales, cada uno con una función específica. Así, no podemos olvidarnos de símbolos tan importantes como:

• La barba postiza, utilizada por los faraones en las grandes ocasiones por su identificación una vez más con Osiris, considerado el primer gran monarca egipcio, y que era representado con una gran barba similar a la que llevaban sus sucesores.

• El Uraeus y el buitre: La Cobra, animal característico de la diosa Uadyet, patrona del Bajo Egipto. El buitre, era el animal característico de la diosa Nejbet, patrona del Alto Egipto. Así las Dos Señoras representaban la unificación de las Dos Tierras en el ser del faraón.

• Cola de toro o de león, que remarcaba la potencia creadora del monarca.

• Así como infinidad de tipos de collares, pendientes, cinturones, sandalias, vestiduras plisadas de lino y demás tipos de joyas que harían de la visión del faraón en toda su gloria un golpe de efecto para los modestos habitantes del Valle del Nilo.

Entorno familiar:

Siempre, al lado del faraón, debía convivir su Gran Esposa Real, el equivalente a una reina y la transmisora del linaje real. La posición de Gran Esposa Real, en egipcio Hemet nise ueret, implicaba no solo una posición política a ocupar dentro de la corte, sino también una posición religiosa, ya que la Gran Esposa Real oficiaba de ritualista en variadas festividades. Considerando que existían variados ritos distribuidos a través de la geografía del país de las Dos Tierras, estos involucraban al faraón y su principal esposa. Así, en los cultos que formaban tríadas como ser: Osiris, Isis y Horus; Amón, Mut y Jonsu; Shu, Tefnut y Atum, etc. cada uno implicaba la participación del faraón, su principal reina y en los casos donde era posible, de su heredero. En dichos ritos, que se expresaban mediante múltiples festividades como ser la fiesta de Opet en Karnak, la participación del rey y la reina daban un significado por emulación de la existencia divina de los dioses representados. Y no sólo ello: dado que los egipcios creían que la legitimidad sólo podía poseerla una mujer, las Grandes Esposas Reales eran las garantías y el principal apoyo del faraón durante su reinado. Por tanto, no es de extrañar que los faraones se casasen con las hijas de su antecesor (en muchos casos estas hijas eran sus hermanas o sus hermanastras) para poder ascender al trono.

A lo largo de la historia egipcia también hubo grandes reinas, algunas de las cuales llegarían incluso a asumir el poder absoluto a la muerte de sus maridos. Otras ocuparon un determinante papel político o religioso, y no se podrían entender muchas cosas de la Historia Egipcia sin tener en cuenta el poder que ocuparon estas damas a la sombra de sus esposos.

Por debajo de las Grandes Esposas Reales, el faraón podía tomar tantas mujeres como quisiera, e incluso ascenderlas, si así lo quería, al rango de Gran Esposa Real (aunque esto sería infrecuente). En las primeras dinastías existirían numerosas esposas secundarias y concubinas, y ya a partir del Imperio Nuevo, los monarcas se encargarían de poseer enormes harenes en los que todo tipo de mujeres, incluidas las princesas extranjeras, pasaban a residir. Hay grandes diferencias los harenes faraónicos y los legendarios harenes utilizados por califas y sultanes: en el Antiguo Egipto los harenes eran una institución más abierta, no una cárcel de oro guardada por eunucos. Ésta situación sólo aparecería con la llegada de los persas y de los griegos.

En cuanto a la descendencia real y la sucesión al trono, las reglas no se mantuvieron inmutables a través de los miles de años que duró la investidura de faraón. Así, durante la Dinastía XVIII, al comienzo del Imperio Nuevo, surge con fuerza la posición de Hija del Dios, a quién se emparenta con el dios Amón, y se la e