Papiro Berlin

LECTURA

Tomemos, como ejemplo de este tipo de poesía, un fragmento de un himno a Ptah, que se halla en el papiro de Berlín Nº 3048, IV y que W. Wolf tradujo por primera vez en su obra “Das Berliner Ptah Hymnus”. Se calcula que fue escrito originalmente en el imperio nuevo, alrededor del año 1400 a.C., aunque la copia conservada en dicho papiro es tres siglos posteriores, o sea de la época de Ramsés IX.

Dice:

“Salud a ti (Ptah) en presencia de tu colegio de dioses primordiales

que creaste después de revelarte como dios.

¡Oh, cuerpo que ha modelado su propio cuerpo

cuando el cielo no se había manifestado,

cuando la tierra no existía aún,

cuando todavía no subía el río (Nilo) en crecida!

………………………………………………………………………………

“No tienes padre que te haya entregado al manifestarte

ni madre que te haya dado el ser,

tú, cuyo nombre es también Khnum (alfarero).

Te has erguido sobre la tierra

- en el tiempo de su somnolencia…”

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Lamentaciones de Isis

LECTURA

Este es un poema de las “Lamentaciones de Isis y Neftis” proviene de un papiro hierático encontrado por Passalaqua en Tebas, dentro de una estatua de Osiris y se halla también en el Museo de Berlín. Se pensaba, dado el valor que se suponía existente en las lágrimas y en las súplicas, que las almas que tenían junto a sí esos cantares lograban más fácilmente la resurrección. El papiro que citamos perteneció a una señora principal, llamada Tentrut, para beneficio de cuya alma se copiaron esas “lamentaciones”, que son, por otra parte, un hermoso, aunque triste poema de amor conyugal, proyectado en el plano divino. Así canta y llora Isis:

Dice así:

“¡Oh, soberano excelente, ven a tu morada!

¡Mírame! Soy tu hermana, que te ama.

¡No te alejes de mí, oh, adolescente hermoso!

¡Ven rápido a tu morada! ¿No puedes contemplarme?

Amargo está mi corazón, por tu causa; mis ojos te buscan.

¿Tardaré en contemplarte, tardaré en contemplarte

oh, soberano excelente, tardaré en contemplarte?

Los dioses y los hombres (tornan) sus ojos hacia ti

para todos a su vez, llorarte,

cuando me ven lanzando lamentaciones

hasta lo alto de los cielos y tu no escuchas mi voz”.

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Leyenda “las sandalias del guerrero”

LECTURA

Hotep no siempre había sido un mendigo. Hijo de un fellah de los alrededores de Tebas, su adversa suerte quiso que fuera incluido en una de las levas con las que Ramsés I, el gran monarca conquistador, nutria las filas de los ejércitos que guerreaban en Asia.

El joven no tuvo ocasión de distinguirse, pues justo en el primer encuentro con los asirios un flechazo, traspasándole un muslo, le puso fuera de combate; cuando finalmente pudo recobrar la salud se encontró con la pierna derecha privada de movimiento.

Hotep no se desanimó por su adversa suerte y, uniéndose a una caterva de guerreros, más o menos mutilados, emprendió el regreso a Tebas apoyándose en un grueso garrote.

Con las peripecias y aventuras de tal viaje desde Mesopotamia al mar Rojo, podría escribirse un buen volumen; habremos de contentarnos con saber que, de guarnición en guarnición, unas veces comiendo y otras ayunando, dos meses después de desdichada caravana llegó al delta del Nilo, lugar fijado para la separación de los veteranos, que desde allí se desparramaron por todo Egipto.

Hotep quedó solo con otro compañero que, nacido en una aldea inmediata a la suya, seguía el mismo itinerario. Era el camarada un hombre ya viejo, encanecido en la milicia debido a sus largos años de servicio y privado de la vista, a consecuencia de una profunda herida en la cabeza.

El cojo tenía excelente fondo y, movido a compasión, se brindo a servir de lazarillo al ciego; y así, una noche en que los dos inválidos descansaban al abrigo de un espeso cañaveral, Hotep, que dormía plácidamente, oyó de pronto un lastimero quejido que exhaló su compañero e incorporándose le dijo:

-¡Hola veterano! ¿Qué es eso? Despierta, que sin duda te estás atormentando con alguna horrible pesadilla.

-Hotep, me muero –murmuró el ciego-. Siendo que la vida se me acaba.

-¡Estás delirando! ¿Quién piensa ahora en morir?

-Me muero, muchacho, me muero. Creía que tendría fuerzas para llegar allá, pero no puedo. ¡Agua…! ¡Dame agua, me ahogo…!

Hotep, alarmado, corrió con cuanta ligereza permitía su cojera hasta un canal inmediato y volvió con la calabaza llena del líquido pedido, diciendo:

-Bebe. Esto pasará, es un desvanecimiento ocasionado por el fuerte sol que hoy nos ha hecho hervir la sangre.

-Gracias, camarada –respondió el ciego-. No temo a la muerte; hace años que la he considerado siempre cercana. Después de todo, para no ver más la luz, tanto me importa. Mira, en este saco va toda mi fortuna; un casco de bronce, unos cuantos trapos y unas sandalias de cuero, que es lo que más valor tiene, pues son casi nuevas, el material es superior y están bordadas en oro. No sé de donde proceden, pues las encontré en la batalla en que me hirieron, atadas a la cintura de un soldado muerto, sólo Dios sabe a quién se las robaría. Cógelo todo si muero. Es la fortuna de un soldado que ha servido treinta años a los faraones. ¡Bonita herencia!

Hotep se devanaban los sesos, pensando qué haría o diría en aquella situación, que le parecía bastante grave y apurada. Por fin su compañero bebió de nuevo y dijo:

-Puede que tengas razón y me haya equivocado; pasó la angustia y tengo sueño. Durmamos y, si me muero, ya sabes; todo para ti.

Y volvió a tenderse entre las cañas, murmurando palabras confusas. Hotep siguió su ejemplo. Al poco tiempo roncaba haciendo ruda competencia a las parleras ranas. Cuando despertó, al salir el sol, el ciego yacía a algunos pasos de allí, tendido boca abajo.

Hotep llegó finalmente a su pueblo y continuó llevando la vida que había tenido antes de ir a servir al faraón.

Un día, cuando el sol comenzaba a iluminar con sus espléndidos rayos, Hotep, vistiendo su viejísimo calasiris de algodón listado, que dejaba ver por sus múltiples desgarrones las oscuras carnes del mendigo, salió de su casa y empezó a andar con alegría.

Apareció junto a una de las colosales esfinges que constituían la entrada del templo. Se detuvo un momento y, sacando de un envoltorio el casco de bronce y las sandalias que heredara del viejo guerrero, se atavió con ambas prendas, quedando en breve espacio de tiempo convertido en la más grotesca figura que imaginarse pueda nadie.

No parecía, sin embargo, el inválido descontento de su aparato indumentario, pues con aire satisfecho se atusó la encrespada y revuelta cabellera, y canturreando una canción popular se dirigió, apoyado en un grotesco bastón que le servía de muleta, hacia una puertecilla que se divisaba casi oculta entre las robustas piernas de la colosal estatua, que parecía guardar la entrada al gran patio.

Hotep dio con su bastón un fuerte golpe en la hoja de la puerta y pocos instantes después apareció en el dintel una mujer, cubierta por ajustada túnica blanca, sostenida por una especie de tirantes de cuero rojo.

-¿Qué se te ofrece tan temprano y tan compuesto? –preguntó con burlona sonrisa al reparar en el casco y las lujosas sandalias del mendigo-. Hoy no es día de repartir los restos de las ofrendas…

-No vengo a pedir limosna –contestó Hotep. Y luciendo una gran sonrisa, añadió-: Vengo a hablar con un padre para decirle que es mi deseo pedirle tu mano, pues quiero casarme contigo.

Los ecos del templo reprodujeron durante largo espacio de tiempo las más sonoras y alegres carcajadas que jamás habían turbado la majestuosa calma de aquel silencioso recinto. Hotep, sin desconcertarse por la manera como era acogida su pretensión, dijo mirando con petulancia sus sandalias:

-Hermosa Amneris, veo que mi idea te regocija y esto me hace suponer que mi figura no te disgusta y el resultado…

-El resultado –interrumpió la joven- será que mi padre te dará algunos palos y te romperá la pierna que aún tienes sana.

-¡A mí, a un guerrero del faraón!

-¡Imbécil! Tú ya no eres guerrero, sino pordiosero; y si no fuera por lo que en esta casa te hemos protegido, perjudicando a otros pobres más antiguos, hace tiempo que estarías descansando en el cementerio en agradable compañía con otros ilustres personajes de tu calaña.

-¿Olvidas acaso que soy propietario de una gran casa junto al canal del Castillo Blanco?

-Sí, ya sé que tienes una barraca de adobes cuarteada y sin techo.

-No es tan mala, y además tengo… estas sandalias –dijo él mientras se miraba los pies.

-Mira Hotep –dijo Amneris adoptando un aire protector-, sin duda algunas los fuertes calores y todo el hambre que has sufrido en Asia han perturbado tu razón. En primer lugar, debes saber que tengo un pretendiente muy bien acomodado, y en segundo lugar, ¿cómo quieres que yo, hija de un guarda del templo, corresponda al afecto de un buen muchacho como tú, pero que ha quedado completamente inútil para todo? ¿Cómo atenderás a mi subsistencia con la pierna arrastrando y ese casco tan abollado…? ¡Ja…, ja…, ja…!

Y de nuevo la risa más retozona animó el semblante de la muchacha.

El pobre, cuya candidez le había hecho concebir las más lisonjeras esperanzas, por única respuesta se rascó el cogote, miró a Amneris y, con gesto de cómica desesperación, dio media vuelta y sin pronunciar una palabra se alejó de la puerta acompañado por las carcajadas de Amneris.

-¡Pobre chico! –dijo ésta-. No es malo, pero… ¡es tan miserable!

Hotep, aunque verdaderamente anonadado por la escena narrada, tenía, como todos los fellahs una gran dosis de mansedumbre y resignación; así que, después de desahogar su cólera murmurando unas cuantas invectivas contra Amneris, se encaminó hacia un grupo de palmeras que sombreaban el camino que conducía al templo y se tumbó sobre la menuda hierba. Pocos instantes después roncaba como un bienaventurado.

De pronto el mendigo se despertó a impulsos de algunos puñetazos aplicados con mano vigorosa, e incorporándose vio ante sí a un personaje de elevada condición, a juzgar por la pedrería que brillaba en el pectoral que cubría su robusto pecho y por la finura y elegancia de su túnica. Otro sujeto, portador de un abanico de plumas de avestruz, que era sin duda el que le había despertado de un modo tan enérgico, se hallaba junto al primero.

-¿Quién eres? –dijo con voz imperiosa-. ¿Qué estás haciendo aquí?

-Pero ya lo ves, dormir –repuso Hotep con justa indignación.

-¿Quién te ha dado estas sandalias? –volvió a preguntar el incógnito y refinado personaje.

-Quien puede –contestó Hotep recogiendo su cayado y adoptando una actitud defensiva.

-¡Por mi padre, el Sol, que no he visto jamás sabandija tan insolente! Oye, miserable, y tiembla.

-¿No temblé en el campo de batalla cuando una flecha asiria traspasó mi muslo, y me asustaré ahora que nada malo he hecho? Pero ¡ah! –exclamó de pronto-, tú debes ser el rival que me disputa el amor de Amneris.

-¡Está loco! –dijo el desconocido con asombro, volviéndose hacia su acompañante, que contestó con signo afirmativo.

-¿Con que, es decir –prosiguió Hotep-, que no contento con quitarme la novia, quieres también apoderarte de mis sandalias?

-Sin dudas ignoras quién soy –dijo el personaje del pectoral-. ¡De rodillas, miserable, ante el faraón!

Hotep lanzó un grito de asombro, e inclinando humildemente la cabeza respondió:

-Alto y poderoso Ramsés, perdona a tu humilde esclavo. No me postro ante ti, porque la herida que recibí a tu servicio me inutilizó la pierna y no puedo… Ten misericordia de este infeliz inválido, que si pronunció palabras inconvenientes fue por no haberte conocido.

-Piensa bien lo que vas a contestarme, porque de ello depende tu vida. ¿Recuerdas la ocasión en que adquiriste esas sandalias?

-Sí, hijo predilecto de Dios.

-¿Recuerdas si el que tales prendas te dio te aseguró que eran la fortuna de un soldado?

-Sí –contestó Hotep, pensando en las últimas palabras pronunciadas por el guerrero ciego.

-Entonces, ¿cómo no has reconocido en mí al faraón a quien guiaste en el reconocimiento del campo enemigo y que, como prenda de su real aprecio, para reconocerte y recompensarte después de la batalla, te dio las sandalias que hubo de quitarse para trepar por los acantilados de Saín, cuyo paso nadie conocía como tú, y merced a cuyo descubrimiento alcancé una de mis más favoritas victorias?

El mendigo quedó inmóvil.

Comprendió que se le ofrecía una enorme fortuna. Solo tenía que contestar de forma adecuada a las preguntas de Ramsés. Por un momento pensó en esto y en que de esta forma tan sencilla conseguiría aquello que tanto deseaba, es decir, podría casarse con Amneris.

Pero era honrado y no quiso mentir.

-Señor –dijo-, soy un mendigo inútil y despreciable, el alimento que tomo lo debo a la generosidad del pueblo, pero mis labios no se mancharon nunca con una mentira. Estas sandalias no me las diste tú.

Y brevemente contó al faraón su triste historia y la manera cómo las sandalias habían llegado a sus manos.

El faraón, viendo que había tropezado con un hombre honrado, alguien que no deseaba aprovecharse de la fortuna que había llamado a su puerta, decidió llevarlo a palacio donde le agasajó por su fidelidad y le recompensó ampliamente por sus servicios, ofreciéndole además un puesto en la corte.

Gracias a ello Hotep pudo ir al templo a pedir la mano de Amneris, quien viéndole en una buena posición le aceptó rápidamente, pues ella siempre le había querido.

Fueron extremadamente felices en su nueva posición y tuvieron muchos hijos, todos ellos servidores fieles de Ramsés Meiamun, a cuya regia esplendidez debían tantos favores.

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Fábula de Egipto

LECTURA

Esta fábula, pues historia fabulosa e increíble es, tuvo lugar hace mucho, mucho tiempo a más de mil años antes de la púnica maldición, en las antiguas y arcanas tierras del Alto y Bajo Egipto, por las que discurre el Río que da la Vida y que fecunda las Dos Orillas, fértiles riberas como parques de nenúfares, papiros y lotos, como triunfal avenida por la que pasean de la mano en sus barcazas la madre Isis y su hijo Horus.

Bajo el férreo reinado de la faraona Hatseput se fomentó el culto al renacido dios Amón-Ra, El Oculto. Faraona había salido victoriosa y triunfante tras la rebelión que el pueblo oprimido de Yavéh inició contra la monarca, dicho pueblo rendía culto único a un solo Dios, despreciando la adoración icónica y politeísta propia de la tierra de faraones. Pero la victoria interna, no debía hacer olvidar a Faraona que seguía en guerra con el rey hitita Muwattali el Mayor, y otros reyezuelos y sátrapas de los valles del Tigres y el Eúfrates, que esperaban ansiosos la caída de Faraona.

Tras la expulsión de los rebeldes hebreos, los sacerdotes de Amón vieron el momento de potenciar a la hasta ese momento decaída divinidad. Con gran alborozo, entre danzarinas, flautistas y timbales la estatua de Amón-Ra se trasladó del templo de Luxor al de Karnak, allí donde los carneros flanquean los pilonos que conducían al sanctasorum donde residiría eternamente Amón y en los valles que conducen al Valle de los Muertos, donde se enseñorean los chacales.

Sin embargo, se acercaba el festival de Opet, toda una semana en la que se organizaban grandes festejos en honor de las principales divinidades del panteón, y la imagen totémica de la divinidad debía ser renovada, como así establecía el antiquísimo ritual. Al mismo tiempo, sombras se cernían sobre el Alto valle y el Bajo delta, pues Faraona desconfiaba del poder que los sumos sacerdotes de Amón obtenían y dispuso deponer a los confiados adoradores de Amón, seguros en su magnificencia repuesta.

El consejo de sumos sacerdotes debía tomar decisión sobre los artesanos que materializarían en realidad tangible y visible al Oculto, realidad no manifiesta y ajena al mundo de los vivos. Acudieron de todos los rincones del mundo conocido, incluso de Byblos y Joppa, famosas ciudades por aquellos que moldeaban como adobe del limo del Río Nilo la madera de los sicomoros que crecían en la Nubia incógnita.

Pero Faraona contactó en secreto con artesanos de Deir-el Medhina, próximos a la corte tebana donde habitaba Hatseput. Y allí les anunció su intención de que ellos fueron elegidos para la magna tarea encomendada. Así que reunido el consejo de sumos sacerdotes, artistas de Byblos y Joppa, y de Tiro y Sidón mostraron sus maravillas, entre encantamientos de magos y tintinear de campanillas y abalorios. Todos se rindieron antes unos jóvenes de Byblos, e ignoraron a los modestos artesanos de Deir-el Medhina.

Así que Faraona anunció “si vuestra elección contraría mi deseo, sabed que las plagas podrían cebarse en ganado y cultivos de tierra de faraón”. Aún así, los sumos sacerdotes ignoraron la admonición de la soberana y festejaron jubilosos la renovación de su deidad adorada, Amón-Ra, entre sacrificios de cordero sufí y gacela trufada.

Pero a todos sorprendió que al día siguiente, amanuenses y escribas del reino anunciaran al consejo de sumos sacerdotes “Faraona no permitirá que el tacto de manos foráneas acaricie la aúrea piel de Amón”. El consejo de sumos sacerdotes acudió con rapidez a palacio de Malgata donde habitaba Faraona, y no olvidemos que la palabra faraón es palacio, pues sólo Él abarca la inmensidad inabarcable que comprende la Tierra de los Papiros. Y allí, escucharon de boca de Faraona la decisión: “sólo yo domino en estas tierras, soberano temporal y trascendente también, y vosotros mis acólitos seréis” anunció con parsimonia y regia flema mientras acariciaba dos babuinos, conocidos en todo el reino como Eiris y Charmión, que le hacían compañía en el salon del trono.

Tal anuncio causó gran revuelo y estupor entre el sacerdotazgo de Amón, que intentó conciliar y dialogar con Faraona, pero ella airada y circunfleja los expulsó de palacio. Cabizbajos y desolados, los sumos sacerdotes acudieron al Jefe de los Nomos provinciales y Gran Consejero de los Dos Reinos, el cual los intentó consolar, obteniendo el compromiso de su sabia mediación, de cuyas virtudes era famoso en tierras de Egipto y más allá, por su templanza y ecuanimidad, celebrándose la reunión en el Oasis de Siwa, bajo el vientre estrellado de Nut, diosa de la Noche.

Pero ya los hilos de la conspiración se movían, y en el fondo del cesto de caña trenzada por manos de damas núbiles habitaba la víbora de cuernos que repta por las arenas del Valle de los Reyes. Los máximos responsables del culto a Amón desconocían que la traición los acechaba y que quedaría manifiesta en las siguientes jornadas, aunque ya un vidente les profetizó: “estáis criando un monstruo en el seno de Egipto”, y otros augures y sibilas así advirtieron también “por el mar navegan las naves, en el mar naufragan las naves”, así como “mi mundo es otro, cuando llega el siroco”.

Y así llegó el día de la gran reunión, el concilio supremo, cónclave atemporal de reyes y reinas, de sacerdotes y sacerdotisas, según dictaba la antiquísima arcana tradición. Faraona hizo su entrada en el Oasis de Siwa, pues ese fue el escenario elegido de nuevo, y lo hizo ataviada con sus más espléndidas y refulgentes galas: tocado nemes, brazaletes de lapislázuli, alhajas de oro de la Alta Nubia, cornalinas y turquesas, pedrería varia. Una gran túnica de algodón y plata entretejida recubría su imperial figura, extensa como Tierra de los Lotos. Cientos de esclavos nubios, perfumados con aceites y ungüentos traídos de la lejana Fenicia y que cubrían sus pieles de ébano, tiraban del gran trono que en forma de dorada esfinge gigante portaba a Faraona. Entre gran estruendo de trompetas, asentó su ser, y un brillo cegador surgió de su pectoral con ojo wedjat, al que aplicaba sus hechizos para poder ver lo que ocurría a sus espaldas y a donde no llegaban los susurros y ojos asustadizos de Eiris y Charmión.

Los sumos sacerdotes oyeron entonces de nuevo la voz de Faraona, pues así habló ella: “ululad naves de Tarsis, pues vuestro puerto está destruído”. La verdad fue revelada, pues la pluma Maat sobrevoló el lugar. Mientras tanto, una bruja calva que cubría su cabeza con pañuelos de seda y que se deleitaba en el arte de las danzas conjuraba hechizos desde Hattussa (ciudad capital de los hititas), para mermar el poder de Faraona, tras sus vidrios ahumados.

Soberbias y mentiras, ilusiones y sueños imposibles, anudaron la trama irresoluble en la que la mayoría de los nobles sacerdotes de Amón vieron como eran vencidos, ante la indiferencia displicente del Jefe de los Nomos y Gran Consejero de los Dos Reinos. Y no sólo eso, la traición afloró en todo su oscura esplendidez dentro del propio sacerdotazgo, y no sólo ese día, en las siguientes jornadas la trama adquiriría dimensión colosal, pues Faraona siempre movió los hilos de tan fastuoso teatro. Aunque la nobleza y gallardía de los verdaderos sacerdotes fieles a Amón no pudiera ser puesta en duda jamás.

Y a todos los vencidos, Faraona mandó ejecutar y enterrar en la ciudad de Menfis alejados de sí misma, eso sí con grandes ritos no escatimó en los finos productos del arte de la embalsamación, no faltaron aceites, resinas, incienso, natrón y muchos metros de lino para tan magnos cuerpos. Pero se ordenó borrar los nombres de los derrotados de cuantos monumentos y papiros se extendían por todo Egipto, pues su nombre no debía volver a sonar en la rica tierra del Nilo, y así se procedió a advertir a los principales escribas del Reino para que tales acontecimientos no fuesen revelados al pueblo ignorante de la soberbia maldad y felonía.

Tan mala fortuna vino a acontecer que con el paso de los años los sagrados y siempre dignos cuerpos de los nobles sacerdotes vencidos fueron saqueados por los ladrones de tumbas, despojados de sus riquezas fueron de nuevo enterrados por el sumo sacerdote Pynedien II en un escondrijo nuevo, y jamás se supo de ellos.

Y esta historia es contada gracias a un papiro perdido y hallado, que llegó de generación en generación, dinastía tras dinastía, de padres a hijos, a mis ya callosas manos. Quedando así recogida esta fábula, en la que el culto a Amón-Ra, el Oculto, fue convertido en un glorioso tributo a la vanidad humana. Aunque quien despues de leer este papiro, pretenda divulgarlo, la maldicion de Seth lo perseguirá como sombra que cae en el desierto a él y a veinte generaciones, que las plagas caigan sobre él, que no vea la luz de la mañana, que sus entrañas no conozcan la dicha de habitar los vasos canopos y que su kah no encuentre el camino ante el sumo escriba Thot en la era de Acuario.

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El Pequeño Himno a Atón

LECTURA

¡Oh, Atón viviente, Señor Eterno, eres espléndido cuando sales!
Eres resplandeciente, perfecto, poderoso. Tu amor es grande, inmenso.
Tus rayos iluminan todos los rostros, tu brillantez da vida a los corazones
cuando llenas las Dos Tierras con tu amor. Dios venerable que se ha
formado a sí mismo, que crea cada tierra y lo que en ella se encuentra,
todos los hombres, los rebaños y el ganado, todos los árboles que crecen
en el suelo. Viven cuando tú apareces para ellos. Tú eres el Padre
y la Madre de todo lo que has creado.

Cuando apareces, los ojos te contemplan, tus rayos iluminan la tierra
entera. Todo corazón te aclama al verte, cuando te manifiestas
como su Señor. Cuando te pones en la región de luz en el occidente del
cielo, se postran como si muriesen, con la cabeza cubierta, sus narices
privadas de aire, hasta que brillas de nuevo en la región de luz en
el oriente del cielo. Sus brazos adoran tu ka, nutres sus corazones con
tu perfección. Se vive cuando tú resplandeces, todas las comarcas están
en fiesta.

Cantantes y músicos gritan de alegría en el patio de la capilla de la
piedra levantada (el benben) y en todos los templos de Aketatón,
el lugar de rectitud en que te regocijas. En sus centros se ofrecen los
alimentos. Tu hijo venerado pronuncia tus plegarias, oh Atón viviente en
sus apariciones. Todos aquellos a los que has creado saltan de alegría
ante ti. Tu venerable hijo exulta, oh Atón viviente cotidianamente
dichoso en el cielo. Tu descendencia es tu hijo venerado, el único de Ra
(el rey). El hijo de Ra no cesa de exaltar su perfección, Neferkeperuré,
el único de Ra.

Yo soy tu hijo que te sirve, que ensalza tu nombre. Tu poder y tu
fuerza son firmes en mi corazón. Eres el Atón viviente cuyo símbolo
perdura, tú has creado el cielo lejano para brillar en él, para observar
lo que has creado. Eres el Uno en quien se encuentra un millón de
vidas. Para hacerlas vivir, insuflas el aliento de vida en su nariz. Por la
vista de tus rayos, todas las flores existen. Lo que vive y surge del
suelo crece cuando tú brillas. Abrevados con tu vista, los rebaños triscan,
las aves baten alegremente las alas en el nido. Las disponen para orar
al viviente Atón, su creador.

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Hallazgo Arqueológico

ULTIMAS NOTICIAS

HALLAZGO ARQUEOLÓGICO
Cinco milenios de historia con los burros

* Descubren en una tumba de Egipto 10 esqueletos de estos animales
* El hallazgo demuestra que ya se usaban como medio de transporte hace 5.000 años
MADRID.- Injustamente denostado por su cabezonería e ignorancia, el burro (’Equus asinus’) lleva 5.000 años ayudando al ser humano en la dura tarea de acarrear pesadas cargas. Así lo acaba de desvelar un equipo internacional de investigadores, que ha encontrado 10 esqueletos que demuestran que su proceso de domesticación fue más lento y menos lineal de lo que se piensa.
Los arqueólogos, dirigidos por Fiona Marshall, antropóloga de la Universidad de Washington (Estados Unidos), han podido retroceder a sus primeros días gracias al hallazgo de los 10 esqueletos de burro en una tumba del complejo mortuorio faraónico de Abydos, al sur de El Cairo.
Se desconoce el nombre del Rey que quiso tenerles a su lado en la otra vida, aunque se sabe que vivió 3.000 años a. de C., en la primera dinastía, la época de los faraones Narmer y Aha.
Los sepulcros para enterarles fueron construidos con ladrillos de fango y cubiertos con madera, por los que estaban prácticamente completos. Tan sólo a uno de ellos le faltaba el cráneo, posiblemente por la acción de antiguos saqueadores de tumbas.
Vértebras lesionadas de los burros de Abydos.
Debido a su excepcional conservación, los arqueólogos incluso encontraron pelos y tejido para analizar el ADN y han podido realizar un análisis comparativo de sus huesos con los de los asnos salvajes africanos (somalís y nubios), con fósiles hallados anteriormente y con 53 ejemplares de burros modernos de diferentes continentes.
«La investigación nos dice que su origen es africano y que la domesticación fue previa a cambios en su esqueleto e incluso en sus genes», explica Marshall a raíz de la publicación del trabajo en la revista ‘Proceedings of National Academy of Science (PNAS)’ en su edición de esta semana.
Vértebras lesionadas
Lo cierto es que aquellos primitivos burros egipcios, que al parecer provenían de los asnos nubios, tenían lesiones en las vértebras causadas por el peso, así como otras patologías propias del confinamiento. Sin embargo, aún se parecían mucho a sus antepasados, algo mayores.
Se descubrió, también, que existían entre ellos numerosas diferencias individuales, lo que fundamenta la hipótesis de que su domesticación fue lenta, aunque ya se observa un cambio fenotípico considerable durante esa temprana dinastía.
Algunos investigadores mantienen que los pastores africanos comenzaron a utilizarles hace unos 6.000 años, cuando aumentó la aridez en el desierto del Sáhara. “Su capacidad de llevar cargas pesadas en tierras sin vegetación les permitía moverse más lejos y con más frecuencia”, señalan los arqueólogos.
El hecho de que fueran enterrados cerca del faraón da idea del gran valor social que se les otorgaba por esta función que, de hecho, siguen ejerciendo en buena parte del norte de África y, en general, en las zonas más pobres del globo a las que no llegan los todoterreno.
No es de extrañar su prestigio durante la primera dinastía, cuando era habitual que al morir el faraón se enterrara, en otras tumbas cercanas, restos de animales u objetos que pudieran serles útiles en la otra vida.
Después, como recuerda el arqueólogo del CSIC Andrés Diego Espinel, cayeron en desgracia y se les relacionó con el dios egipcio del mal Seth. “Más adelante en el tiempo ya es raro encontrarlos en una necrópolis porque tenían un valor negativo”.

Fotos:

burros-2.jpgburros.jpg

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El obelisco inacabado

LECTURA

Ayer os puse las medidas de los obeliscos, pues hoy quiero hablaros de unos mas grande, se le conoce como el obelisco inacabado, media 47 metros de longitud y por una mala fabricación se rajo.lo dejaron en su lugar para que con el tiempo lo vieran como una obra maestra inacabada.
Esta en la antigua cantera de granito en Aswan. Si se hubiera terminado, habría sido alucinante, pues mide 41,75 metros (app. 137 pies) de alto - más alto que cualquier obelisco egipcio que en realidad nunca se erigió.

Fotos:

obelisco1.JPGobelisco-3.jpgobelisco.JPG

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Para Tareixa

LECTURA

Espero que te guste Tareixa.


tareixa.ppt

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Los obeliscos más grandes de Egipto

LECTURA

Hoy de lo que quiero hablaros es de los obeliscos más grandes que se conservan y donde están en la actualidad y de que altura estamos hablando.

Del faraón Tutmosis III se encuentra en roma, Piazza S. Giovanni y mide 32,18 m.
Del faraón Hatshepsut se encuentra en Karnak, en el gran templo de Amón y mide 29,56 m.
Del faraón Tutmosis III se encuentra en Estambul,Atmeidan y mide 28,95 m.
Ramsés II se encuentra en el templo de Luxor y mide 25,00 m.
Setos I-Ramsés II se encuentra en Roma, Piazza del Popolo y mide 23,20m.
Ramsés II se encuentra en París,place de la Concorde y mide 22,55 m.
Psamético II se encuentra en Roma , Monte Citorio y mide21,79 m.
Tutmosis III se encuentra en Nueva York, Central Park y mide 21,21 m.
Tutmosis III se encuentra en Londre, Thames Embankment y mide 20,88 m.
Sesotris I se encuentra en Heliópolis,Midan el-Massala y mide 20,41 m.
Tutmosis I se encuentra en Karnak,gran Templo de Amón y mide 19,50 m.

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El Nilo

LECTURA

Mi amiga Tareixa me puso en un comentario esto que quiero compartir con todos vosotros.

El hombre enamorado de la Tierra Negra,
se convierte en agua para bajar al Nilo
y así fluir por el país que le da vida.

Soñaste ser el más pequeño símbolo de un jeroglífico,
simplemente por estar allí.

Soñaste ser el más grande templo por descubrir,
simplemente por estar allí.

Soñaste ser hombre cuando eras niño
sueñas ser niño cuando eres hombre,
y en todos tus sueños siempre fluye
el Nilo.

El río baja dadivoso y tranquilo,
apenas si notas sus suaves movimientos,
y te envuelve en su remanso de aguas
añiles.

Un día me habló el rio que a traviesa El Cairo
y me contó historias antiguas, y su dulce
murmullo en mi corazón reposa.

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