La palabra era un verdadero don de los dioses. La religión egipcia consideraba al dios lunar Thot como el creador ancestral de la lengua y la escritura en sus dos formas habituales: La jeroglífica, frecuente en las inscripciones sobre piedra y en el culto religioso, y la hierática, de forma cursiva y habitual en su uso sobre papiro para funciones administrativas y también religiosas.
Pronunciar la palabra precisa permitía que aquello nombrado surgiese a la vida, se diferenciase de lo demás en que estaba previamente confundido. Esta es la base del poder de la palabra que pronunciaba el sacerdote lector frente al cadáver del faraón durante el proceso de momificación. El mismo poder que se esconde tras los Textos de las Pirámides que se esculpían en las tumbas y que sólo podían ser repetidos y recitados por el escriba para la glorificación del fallecido, para la petición de dones o cualquier otra tarea referente al culto.
La sociedad egipcia es fundamentalmente analfabeta. De ahí la enorme importancia del escriba, no sólo en la vertiente religiosa que hemos mencionado, sino en la administrativa. Escriba tenía que ser el que escribiese los mensajes entre los distintos departamentos administrativos, el que calculase los suministros necesarios en la corte y los registrase. Escriba también había de ser el que llevase todo tipo de contabilidad, incluyendo la tarea de recaudar tributos, medir los campos y hacer los cálculos de su productividad, calcular las necesidades en hombres y material para cualquiera de los proyectos arquitectónicos en curso. El escriba era en general el funcionario imprescindible en todo tipo de tarea administrativa.